Si el hombre es dueño de la palabra,
a ella me aferro para llamarle.
A su voz y a sus sonidos,
a la inquebrantable liturgia de la conversación
y del discurso,
la suprema coalición de los vocablos,
unidos como eslabones
hasta formar el fuerte armazón de las ideas.
A su poder me agarro
con uñas de hierro,
para pedirle verdades,
para evitar la subyugación,
el claudicar de los verbos
en vacía retórica:
falsos escaparates de corazones huecos
a los que les falta el sentido
y el alma.
Si el hombre es dueño de la palabra
que la utilice para salvarse
o cargue para siempre con su culpa.
lunes 7 de enero de 2008
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